Cuando hablamos de adiestramiento canino, muchas personas piensan en órdenes, obediencia o correcciones. Sin embargo, el adiestramiento no tiene por qué basarse en el control ni en la imposición.
En mi trabajo, el adiestramiento es una herramienta al servicio de la convivencia, no un fin en sí mismo. Sirve para ayudar a perros y familias a entenderse mejor en situaciones concretas, siempre desde el respeto, la comunicación y el vínculo.
El adiestramiento canino, tal como lo trabajo, se centra en acompañar conductas específicas que dificultan el día a día, sin perder de vista al perro como individuo emocional.
No se trata de “corregir” al perro, sino de:
Darle herramientas para gestionar situaciones concretas
Ayudar a la familia a acompañar de forma coherente
Crear acuerdos claros entre perro y entorno
El objetivo no es un perro obediente, sino una convivencia más funcional y tranquila.
El adiestramiento tiene sentido cuando hay dificultades concretas que generan estrés o conflicto en el día a día. O cuando llega un nuebo miembro a la familia y queremos garantizar bienestar para todos.
Algunos ejemplos habituales:
Cada caso se aborda teniendo en cuenta el contexto, la emoción y la relación, no solo la conducta visible.
En muchos casos, trabajar solo la conducta no resuelve el origen de lo que está pasando.
Por eso, el adiestramiento suele formar parte de un proceso de educación canina, donde se trabaja la base emocional, la comunicación y la convivencia.
El adiestramiento tradicional suele centrarse en la ejecución de órdenes y en el control de la conducta desde fuera.
Mi enfoque se diferencia porque:
No utilizo castigos ni técnicas aversivas
No busco obediencia automática
No separo la conducta de la emoción
No trabajo desde la imposición
El adiestramiento, para mí, solo tiene sentido cuando está integrado dentro de un proceso de educación canina más amplio.



Y a partir de ahí decidimos si el adiestramiento es la herramienta adecuada o si es necesario un acompañamiento más amplio desde la educación canina.
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